¿Imaginas ir a escuchar una charla y terminar cayendo desde un tercer piso por quedarte dormido? Esto fue exactamente lo que le pasó a un joven descrito en la Biblia; sucedió hace unos dos mil años y tuvo un desenlace totalmente insospechado (Hechos 20:7-12).
Los hechos tuvieron lugar en la ciudad de Tróade (Hechos 20:6). El apóstol Pablo ofrecía su última enseñanza a un grupo de creyentes en una habitación elevada (Hechos 20:7-8). Como partía al día siguiente, la reunión se extendió hasta la medianoche (Hechos 20:7). El lugar, repleto de lámparas de aceite, estaba caluroso y denso (Hechos 20:8). Un joven llamado Eutico, buscando algo de aire fresco, se acomodó en el borde de una ventana (Hechos 20:9).
Con el pasar de las horas, el cansancio lo venció. Al quedarse profundamente dormido, perdió el control y se precipitó al vacío desde la tercera planta (Hechos 20:9). Al bajar a socorrerlo, la multitud confirmó lo peor: el joven había fallecido al impacto (Hechos 20:9).
Entre el dolor y el pánico general, Pablo descendió, se inclinó sobre el cuerpo de Eutico y lo abrazó, anunciando con firmeza que aún había vida en él (Hechos 20:10). Sin perder la calma, la comunidad volvió a subir, compartió la cena y continuó la conversación hasta el amanecer (Hechos 20:11).
Al salir el sol, entregaron al joven sano y salvo a su familia (Hechos 20:12). Esta historia, registrada en Hechos 20:7-12, nos demuestra que el cansancio o el agotamiento pueden hacernos tropezar, pero ninguna caída es definitiva cuando interviene la gracia divina. Dios tiene el poder de restaurar incluso lo que parece completamente perdido (comparar con Salmos 145:14 y Lucas 1:37).
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