Imagínate estar parado frente al trono del Dios Todopoderoso. Juan estuvo ahí y vio algo misterioso: cuatro seres vivientes, cubiertos de ojos y con seis alas (Apocalipsis 4:6-8). Sin pausa, día y noche, ellos repiten lo mismo: «Santo, Santo, Santo es el Señor» (Apocalipsis 4:8).
¿Por qué jamás descansan? ¿Por qué no cambian de palabras? La respuesta es impactante: entre más cerca están de Dios, más ven su majestad, y lo que sus ojos ven, sus corazones no lo pueden callar. Su adoración no es una rutina agotadora; es la respuesta natural al contemplar la gloria inagotable del Dios que era, que es y que ha de venir (Apocalipsis 4:8; ver también Éxodo 3:14 e Isaías 6:1-3).
A veces tú y yo nos cansamos de orar, de agradecer y de adorar. Pensamos que ya se lo dijimos todo o que no tenemos palabras nuevas. Pero la verdad es que solo nos cansamos cuando apartamos la mirada de Él (Hebreos 12:2-3; comparar con Gálatas 6:9).
Estos seres no inventaban discursos complejos; simplemente proclamaban la verdad que no dejaban de presenciar.
Si hoy te sientes agotado, si sientes que tus palabras se acabaron, no necesitas inventar nada nuevo. Vuelve a declarar lo que sabes que es real: Él sigue siendo Santo, sigue siendo Fiel y nunca cambia (Lamentaciones 3:22-23; Malaquías 3:6; Hebreos 13:8).
Cuando lo veas cara a cara, entenderás por qué en el cielo nadie se cansa de alabarlo (1 Corintios 13:12).
Hoy, aunque estés cansado, repite con fe esa verdad que permanece para siempre: «Santo, santo, santo es el Señor» (Apocalipsis 4:8; Isaías 6:3).
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