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El escándalo de la liberación


¿Por qué Jesús permitió que los demonios entraran en los cerdos? ¿Cuál fue su verdadero motivo? Quédate, y te cuento...

A menudo, al leer el relato de Jesús y los demonios en la región de Decápolis, nos perdemos en el destino de los cerdos y olvidamos el verdadero milagro.

Jesús no cruzó el mar en medio de una tormenta para predicar a una multitud, sino por una misión específica: rescatar a un solo hombre. Un hombre que vivía entre tumbas, atormentado por una fuerza que nadie podía contener (Marcos 5:1-5).

Lo impactante ocurre cuando el mal se encuentra frente a Cristo: no hubo discusión, hubo rendición. Los demonios, que se identificaron bajo el nombre de "Legión" —pues eran muchos (Marcos 5:9)—, no actuaron por cuenta propia; tuvieron que suplicar permiso para entrar en una piara de cerdos. Jesús se los concedió, y aquí nace la gran pregunta: ¿Por qué?

La respuesta no es caprichosa, es reveladora. Al entrar en los animales y precipitarlos al abismo, Jesús hizo visible la violencia destructiva que antes estaba oculta dentro de aquel hombre. Mostró a todos que lo que habitaba en ese marginado no era locura, sino una fuerza de aniquilación real y poderosa. Varios teólogos, como N. T. Wright, han señalado que este acto fue una demostración pública del poder liberador de Jesús sobre las fuerzas del mal, un signo del reino de Dios irrumpiendo en la historia (Wright, N. T., Jesus and the Victory of God, 1996).

Pero el verdadero escándalo de la historia no fue la muerte de los animales, sino la reacción de la ciudad. Al ver al hombre sano, sentado y en su sano juicio, la gente no celebró. Al contrario, sintieron miedo y le rogaron a Jesús que se marchara (Marcos 5:15-17). Lloraron sus pérdidas económicas —sus cerdos—, pero fueron indiferentes ante la restauración de una vida humana.

Esto no es un detalle menor. El teólogo René Girard, en su obra El chivo expiatorio (1982), argumenta que las sociedades tienden a sacrificar al marginado para mantener su orden. En este relato, el endemoniado era precisamente ese excluido: vivía fuera de la ciudad, en los sepulcros, sin nombre reconocido. Su liberación no fue celebrada porque desafiaba el orden establecido que lo necesitaba afuera.

Jesús no destruyó algo valioso: expuso las prioridades de una sociedad que valoraba más sus sistemas económicos y sus posesiones que la libertad y la dignidad de un ser humano.

Hoy, la pregunta sigue vigente: ¿Qué estamos protegiendo que nos impide recibir la transformación de Dios?

Hebreos 4:12
12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

A veces, la presencia de Jesús desordena nuestra comodidad para devolvernos la dignidad. Porque el Evangelio no solo expulsa la oscuridad; también confronta aquello que realmente gobierna nuestro corazón.

Por: Álvaro Martínez
Tu amigo y hermano en Cristo

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